
San Adriano es uno de los mártires más venerados de la Antigüedad, aunque su historia se conoce sobre todo a través de un relato tardío con muchos elementos legendarios. Según la tradición, era un oficial pagano al servicio del emperador en Nicomedia, ciudad de Bitinia, en la actual Turquía, que fue durante un tiempo residencia imperial. A comienzos del siglo IV, durante la persecución de Diocleciano y sus sucesores, presenció el interrogatorio y la tortura de un grupo de cristianos y, conmovido por su firmeza, se declaró cristiano él también.
El relato cuenta que fue encarcelado y que su joven esposa, Natalia, que ya era cristiana, lo animó a perseverar y acompañó en prisión a los confesores de la fe. Adriano murió mártir tras sufrir crueles tormentos, y Natalia recogió sus restos y los llevó a Bizancio, donde ella misma murió poco después. Por eso ambos se celebran juntos en las Iglesias orientales.
Su culto se difundió muy pronto por Oriente y Occidente. En el siglo VII el papa Honorio I convirtió en iglesia dedicada a san Adriano la antigua Curia, el edificio del Senado en el Foro Romano, que conservó ese nombre hasta el siglo XX. Es considerado patrono de los soldados y de los carceleros, y es muy venerado en Flandes, donde la ciudad de Geraardsbergen guardó reliquias suyas. Su memoria se celebra el 8 de septiembre.
Biografía: redacción de Misa de Hoy.