Pablo, conocido como el primer ermitaño, vivió en Egipto entre los siglos III y IV. Lo que sabemos de él procede de la Vida de Pablo escrita por san Jerónimo hacia el año 375, una obra breve que mezcla datos tradicionales con elementos edificantes y legendarios, por lo que los detalles deben leerse con cautela.
Según ese relato, nació en la Baja Tebaida, en una familia acomodada, y recibió una buena educación en letras griegas y egipcias. Quedó huérfano a los catorce años. Durante la persecución del emperador Decio, hacia el año 250, un cuñado que codiciaba sus bienes amenazó con denunciarlo como cristiano, y Pablo, con poco más de veinte años, huyó al desierto. Allí encontró una cueva junto a una fuente y una palmera, que le proporcionaba alimento y vestido, y descubrió el gusto por la soledad y la contemplación, de modo que decidió no volver al mundo. Vivió así durante unos noventa años.
Jerónimo narra que, poco antes de su muerte, recibió la visita de san Antonio Abad, que había creído ser el primero en vivir en el desierto. Según la tradición, un cuervo que solía traerle medio pan trajo ese día uno entero, y cuando Pablo murió, hacia el año 341, Antonio lo sepultó con ayuda de dos leones. Se le considera patriarca de los ermitaños y patrono de la Orden de San Pablo Primer Eremita, fundada en Hungría en el siglo XIII. El monasterio copto de San Pablo, cerca del mar Rojo, conserva su recuerdo.
Biografía: redacción de Misa de Hoy.