Abrahán fue obispo de Arbela, la actual Erbil, en el norte de Irak, a mediados del siglo IV, cuando aquella región formaba parte del Imperio persa. Bajo el rey Sapor II los cristianos sufrieron una larga y dura persecución, en parte porque se les consideraba aliados del Imperio romano, que ya se había hecho cristiano, y en parte por la presión de los sacerdotes del culto mazdeísta.
Su predecesor, el obispo Juan, fue arrestado y, tras pasar un año preso, ejecutado. Mientras tanto, la comunidad cristiana de Arbela, que se había quedado sin pastor, eligió en secreto a Abrahán para guiarla. Tuvo que vivir escondido durante un tiempo, pero finalmente fue capturado. Se le ofreció salvar la vida si obedecía a las autoridades religiosas persas, lo que implicaba renegar de su fe y rendir culto al sol; se negó y fue decapitado hacia el año 345.
Las antiguas actas siríacas de los mártires persas, así como los calendarios bizantinos, lo recuerdan casi siempre junto al obispo Juan, como dos testigos de una misma Iglesia perseguida. Su memoria pertenece a la tradición de las Iglesias de lengua siríaca, como la Iglesia del Oriente y la caldea, que tuvieron en Arbela una de sus sedes más antiguas. El martirologio romano lo conmemora el 31 de enero.
Biografía: redacción de Misa de Hoy.