San Lupencio fue abad de la basílica de San Privato de Javols, en el Gévaudan, en el sur de la Galia, en el siglo VI. Todo lo que se sabe de él procede de una breve noticia del historiador san Gregorio de Tours, contemporáneo de los hechos, en su Historia de los francos.
Según ese relato, el conde de Javols, llamado Inocencio, lo acusó de haber hablado mal de la reina Brunequilda, una de las figuras más poderosas de los reinos francos de la época. Lupencio tuvo que presentarse ante la corte, que residía entonces en Metz, y logró demostrar su inocencia, por lo que fue dejado en libertad. Sin embargo, durante el viaje de regreso, el conde lo detuvo cerca de Ponthion, en la región de Champaña, lo sometió a malos tratos y finalmente lo decapitó. Su cuerpo y su cabeza fueron arrojados al río por separado y, según el relato, fueron recuperados después y sepultados con honor.
Estos hechos ocurrieron en la década de 580. Su tumba se convirtió en lugar de devoción, y más tarde sus reliquias fueron trasladadas a la catedral de Soissons, donde se perdieron en un incendio en el siglo XVII. Su culto se extendió por la Champaña, donde numerosas parroquias le están dedicadas, y tradicionalmente se le ha invocado como protector de los niños.
Biografía: redacción de Misa de Hoy.