Felipe fue obispo de Heraclea, la capital de la provincia romana de Tracia, en la costa europea del mar de Mármara, en la actual Turquía. Antes de ser obispo había servido a esa Iglesia como diácono y presbítero, y como pastor se preocupó especialmente por la formación de sus clérigos. Entre sus discípulos estaban el presbítero Severo y el diácono Hermetes, que lo acompañaron en el martirio.
En 303 el emperador Diocleciano ordenó cerrar las iglesias y entregar los libros sagrados y los objetos del culto. Las actas de su martirio, consideradas por los historiadores un documento antiguo y en buena parte fiable, cuentan que el gobernador mandó sellar la iglesia de Heraclea y exigió a Felipe que entregara los vasos sagrados y las Escrituras. El obispo respondió que podía entregar los objetos materiales, pero no los libros, que no estaba dispuesto a dejar profanar. Fue maltratado y encarcelado, junto con sus compañeros. Tras un tiempo de prisión, un nuevo gobernador lo hizo trasladar a Adrianópolis, la actual Edirne.
Allí, después de nuevos interrogatorios y torturas, Felipe y Hermetes fueron quemados vivos, probablemente en el año 304; Severo murió poco después. El Martirologio Romano recuerda a Felipe y Hermetes el 22 de octubre. Su testimonio es uno de los mejor documentados de la gran persecución en los Balcanes.
Biografía: redacción de Misa de Hoy.