
Ana María Javouhey nació en 1779 en Jallanges, en la Borgoña francesa, en una familia campesina acomodada. Durante la Revolución, siendo aún adolescente, ayudó con valentía a sacerdotes perseguidos, y en 1798, en una misa celebrada clandestinamente, se consagró a Dios con el propósito de dedicarse a la educación de los niños y al servicio de los pobres. Probó la vida religiosa en varias comunidades, sin encontrar su lugar, hasta que comprendió que estaba llamada a fundar.
Con tres de sus hermanas abrió una escuela, y en 1807 nació la Congregación de San José de Cluny, que tomó su nombre de la localidad donde se estableció. El instituto, dedicado a la enseñanza y al cuidado de los enfermos, pronto recibió peticiones del gobierno francés para trabajar en las colonias. Las hermanas llegaron a la isla de Reunión, a Senegal, a las Antillas y a la Guayana Francesa. Allí, en Mana, la fundadora organizó una comunidad con cientos de esclavos africanos que iban a ser liberados, preparándolos para la vida en libertad, una obra pionera que le valió admiración y también fuertes oposiciones.
Tuvo que afrontar conflictos con autoridades civiles y eclesiásticas, que soportó con entereza. Murió en París el 15 de julio de 1851. Pío XII la beatificó en 1950. Su congregación, hoy presente en decenas de países de los cinco continentes, la recuerda como una mujer de enorme energía y visión misionera, adelantada a su tiempo en la defensa de la dignidad de los africanos.
Biografía: redacción de Misa de Hoy.