Abbá
La palabra aramea con que Jesús llamaba a Dios: Padre, en el tono de un hijo pequeño.
Los grandes términos de la Escritura, explicados y enlazados a los pasajes donde nacen. 34 términos, con sus lecturas en la Biblia.
La palabra aramea con que Jesús llamaba a Dios: Padre, en el tono de un hijo pequeño.
El primer hombre y, a la vez, el nombre de la humanidad entera delante de Dios.
Lo que mata y lo que salva: amenaza de caos en el Antiguo Testamento, vida nueva en el Nuevo.
El pacto por el que Dios se ata a un pueblo y lo hace suyo: el hilo que sostiene toda la Biblia.
No una parte del hombre encerrada en el cuerpo, sino el hombre entero en cuanto vive.
La palabra con que el creyente hace suyo lo que Dios dice: así es, y así sea.
No un sentimiento que Dios tiene, sino lo que Dios es, y por tanto la medida de todo lo demás.
El enviado: una presencia que no se explica a sí misma, sino al que la manda.
El enviado con autoridad de quien lo envía: no lleva un mensaje propio.
Darse la vuelta: no sentir pena por lo hecho, sino cambiar de dirección.
Privarse de comida para dejar sitio a Dios, y para que se note quién manda en uno.
Sumergirse: morir a una vida y salir con otra.
Decir bien: la palabra que da vida cuando viene de Dios, y la que se la devuelve cuando viene del hombre.
La imagen preferida de la Biblia para decir cómo se vive: no un estado, sino una marcha.
El hombre en su fragilidad: no la parte mala del ser humano, sino su condición de criatura que se acaba.
Menos un lugar que una manera de nombrar a Dios sin pronunciar su nombre.
En la Biblia no se conoce con la cabeza sino con la vida: conocer es tratar, experimentar, amar.
El centro de la persona: donde se decide, se recuerda y se es uno mismo de verdad.
No una explicación de cómo empezó el mundo, sino la afirmación de quién lo sostiene y de que es bueno.
El patíbulo más infame del imperio, convertido en el centro de la fe cristiana.
No la cárcel del alma sino la persona entera en cuanto puede ser vista, tocada y entregada.
El lugar donde no se puede vivir y donde, por eso mismo, se aprende de quién se vive.
No una idea que se demuestra, sino Alguien que se presenta y da su nombre.
El que va detrás: no un alumno que toma apuntes, sino alguien que comparte la vida del maestro.
Que Dios no se haya quedado fuera: la afirmación más difícil y más propia del cristianismo.
No optimismo sobre el futuro, sino confianza en Alguien que ha prometido.
El aliento de Dios: lo que no se ve pero mueve, como el viento.
Acción de gracias: el pan partido en el que la Iglesia reconoce el cuerpo entregado.
La salida de Egipto: el acontecimiento del que Israel no deja de acordarse porque en él supo quién era Dios.
Apoyarse en Dios: no aceptar afirmaciones difíciles, sino fiarse de alguien firme.
El peso de Dios: lo que de él se hace notar cuando se acerca.
El favor que no se merece ni se cobra: que Dios se incline sin razón fuera de sí mismo.
Título que en Israel designaba al rey y al pueblo, y que en Jesús cobra un sentido que rompe el molde.
La asamblea convocada: no una asociación que se forma, sino una comunidad que es llamada.