Nicomedes fue un mártir de la Iglesia de Roma de los primeros siglos, cuyo culto es antiguo y está bien documentado, aunque se sabe muy poco de su vida. Fue sepultado en una catacumba de la vía Nomentana, a las afueras de la ciudad, y sobre su tumba se levantó una basílica que, según el Martirologio Romano, honró el papa Bonifacio V en el siglo VII. Los itinerarios de peregrinos y los antiguos libros litúrgicos romanos lo mencionan, lo que confirma que su memoria se celebraba desde muy pronto.
Los relatos que narran su martirio son tardíos y poco fiables. Según la tradición, era un sacerdote que dio sepultura a la mártir santa Felícula, fue detenido por ello y, al negarse a ofrecer sacrificios a los dioses, murió azotado con látigos emplomados; su cuerpo habría sido arrojado al Tíber y recuperado después por un clérigo llamado Justo. Otras versiones sitúan su muerte bajo el emperador Maximiano, a finales del siglo III, pero no es posible fijar con seguridad la fecha.
En el siglo XIX se localizó el lugar de su sepulcro en la vía Nomentana. El Martirologio Romano lo conmemora el 15 de septiembre, y su nombre se ha mantenido en el calendario de la Iglesia como el de uno de tantos testigos de la fe de la Roma antigua cuya memoria se transmitió a través del culto más que de documentos.
Biografía: redacción de Misa de Hoy.