Huberto vivió entre los siglos VII y VIII en el reino de los francos y fue obispo de Maastricht y de Lieja. Se le venera como apóstol de las Ardenas y patrono de los cazadores. Las noticias seguras sobre su vida son pocas, y muchos de los detalles que se cuentan proceden de biografías posteriores.

Según la tradición, era de familia noble y en su juventud llevó una vida mundana en la corte, aficionado sobre todo a la caza. La leyenda más conocida cuenta que, mientras cazaba un día de fiesta en el bosque, se le apareció un ciervo con un crucifijo entre las astas y oyó una voz que lo llamaba a cambiar de vida; este relato, tomado de la leyenda de san Eustaquio, se le atribuyó varios siglos después. Lo que sí parece cierto es que fue discípulo de san Lamberto, obispo de Maastricht, y que, cuando este fue asesinado hacia el año 705, Huberto le sucedió en la sede.

Trasladó los restos de Lamberto a Lieja, que se convirtió en la nueva sede de la diócesis y empezó a crecer como ciudad. Trabajó en la evangelización de la región de las Ardenas, donde todavía persistían cultos paganos. Murió el 30 de mayo del año 727. Sus restos fueron llevados en el siglo IX a la abadía de Andage, que tomó el nombre de Saint-Hubert, en Bélgica, gran centro de peregrinación. Su fiesta se celebra el 3 de noviembre.

Biografía: redacción de Misa de Hoy.

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