
Fausto fue un cristiano de Alejandría (Egipto) que vivió en el siglo III y comienzos del IV. Su recuerdo se conserva gracias a una carta del obispo san Dionisio de Alejandría, transcrita por el historiador Eusebio de Cesarea en su Historia eclesiástica. En ella el obispo relata a otros obispos los sufrimientos de su Iglesia durante las persecuciones y nombra a algunos de los que lo acompañaron: Fausto, Cayo, Pedro, Pablo, Eusebio, Queremón, Lucio y otros.
Durante la persecución del emperador Decio, a mediados del siglo III, y más tarde bajo Valeriano, estos cristianos, sacerdotes, diáconos y laicos, fueron detenidos, desterrados o maltratados junto con su obispo, y la Iglesia los honra como confesores de la fe, es decir, quienes padecieron por Cristo sin llegar a morir en ese momento. Fausto era entonces diácono.
Según Eusebio, Fausto vivió hasta edad muy avanzada y, ya anciano y sacerdote, fue finalmente decapitado durante la persecución de Diocleciano, a comienzos del siglo IV, la última y una de las más violentas que sufrió la Iglesia en el Imperio romano. Así, después de haber confesado la fe en su juventud, alcanzó el martirio en su vejez. El Martirologio Romano lo recuerda el 3 de octubre junto con sus compañeros, como ejemplo de la perseverancia de la Iglesia de Alejandría a lo largo de varias generaciones de persecución.
Biografía: redacción de Misa de Hoy.