
David es una de las grandes figuras del Antiguo Testamento. Vivió hacia el año 1000 antes de Cristo y su historia se narra sobre todo en los libros de Samuel y en el primero de los Reyes. Era el hijo menor de Jesé, de Belén, y pastoreaba los rebaños de su padre cuando el profeta Samuel lo ungió como futuro rey de Israel. Entró al servicio del rey Saúl como músico, se hizo famoso al vencer al gigante filisteo Goliat y trabó una profunda amistad con Jonatán, hijo del rey. Los celos de Saúl lo obligaron a huir y a vivir durante años como proscrito.
Tras la muerte de Saúl fue proclamado rey, primero en Hebrón y después de todo Israel. Conquistó Jerusalén, la convirtió en capital y llevó a ella el arca de la alianza. Según la Biblia, el profeta Natán le transmitió la promesa de Dios de que su descendencia reinaría para siempre. La Escritura no oculta sus pecados, como el adulterio con Betsabé y la muerte de su esposo Urías, ni su sincero arrepentimiento, que la tradición asocia al salmo 51. Sufrió también la rebelión de su hijo Absalón y le sucedió su hijo Salomón.
La tradición le atribuye muchos de los salmos. Los evangelios presentan a Jesús como «hijo de David», heredero de aquella promesa. El Martirologio Romano lo recuerda el 29 de diciembre.
Biografía: redacción de Misa de Hoy.