
Bonifacio fue obispo de Roma entre los años 418 y 422. Era hijo de un sacerdote romano y él mismo era ya presbítero de edad avanzada cuando, a la muerte del papa Zósimo, fue elegido para sucederle. Su elección fue inmediatamente disputada: un grupo de clérigos había elegido casi al mismo tiempo al archidiácono Eulalio, y Roma vivió varios meses de enfrentamientos entre los partidarios de ambos.
El conflicto se resolvió con la intervención del emperador Honorio, que finalmente reconoció a Bonifacio y expulsó a Eulalio de la ciudad. A raíz de estos hechos se estableció que, en caso de elección disputada, se procedería a una nueva votación, una de las primeras normas sobre la elección papal. Bonifacio defendió la autoridad de la sede de Roma sobre las Iglesias de Iliria frente a las pretensiones de Constantinopla, y al mismo tiempo respetó los derechos de los obispos locales.
Apoyó a san Agustín en su lucha contra el pelagianismo, una corriente que minimizaba el papel de la gracia divina en la salvación. Agustín, en señal de gratitud, le dedicó una de sus obras contra los pelagianos. Bonifacio murió en Roma el 4 de septiembre de 422 y fue sepultado en el cementerio de Máximo, en la vía Salaria Nueva, junto a la capilla que él mismo había construido sobre la tumba de santa Felicidad, a la que profesaba especial devoción.
Biografía: redacción de Misa de Hoy.