
El 4 de diciembre de 1623, en Edo, la actual Tokio, fueron quemados vivos cincuenta cristianos por orden del shogun Tokugawa Iemitsu, en una de las ejecuciones más numerosas de la persecución japonesa. Entre ellos había tres religiosos: el franciscano Francisco Gálvez y los jesuitas Jerónimo de Angelis y Simón Yempo.
Francisco Gálvez nació hacia 1575 en Utiel, en España, y entró en los franciscanos descalzos de Valencia. Partió como misionero a Filipinas en 1609 y en 1612 pasó a Japón. Cuando el edicto de 1614 expulsó a los misioneros, regresó a Manila, donde escribió obras de catequesis que se tradujeron al japonés. En 1618 logró volver a Japón disfrazado y continuó su labor en la clandestinidad hasta que un apóstata lo delató. Jerónimo de Angelis, siciliano nacido en Enna en 1567, llevaba más de veinte años en Japón, había fundado comunidades en regiones del norte donde nunca había llegado un misionero y era superior de la misión de Edo; se entregó a las autoridades para evitar castigos a quien lo hospedaba. Simón Yempo, japonés, había sido monje budista antes de convertirse, fue durante años catequista y acompañó a De Angelis como hermano jesuita.
Los tres fueron beatificados por Pío IX el 7 de julio de 1867, dentro del grupo de 205 mártires de Japón. Uno de los laicos que murió con ellos, el samurái Juan Hara Mondo, fue beatificado en 2008.
Biografía: redacción de Misa de Hoy.