
El Martirologio Romano recuerda el 30 de marzo a un numeroso grupo de cristianos de Constantinopla que, a mediados del siglo IV, fueron perseguidos, torturados o desterrados por su fidelidad a la fe definida en el concilio de Nicea. No se conservan sus nombres, pero los historiadores de la Iglesia de aquel siglo dejaron constancia de su sufrimiento.
En aquellos años, la Iglesia del Imperio estaba dividida por el arrianismo, la doctrina que negaba que el Hijo fuera de la misma naturaleza que el Padre. El emperador Constancio II favorecía a los arrianos, y la sede de Constantinopla fue objeto de una dura disputa entre el obispo san Pablo I, defensor de la fe nicena, y Macedonio, apoyado por el partido arriano y por el poder imperial. Pablo fue expulsado varias veces de su sede y finalmente murió en el destierro.
Cada vez que Pablo regresaba, el pueblo lo recibía con entusiasmo, y los enfrentamientos se volvían violentos. Las fuentes antiguas, como los historiadores Sócrates y Sozómeno, narran que bajo el gobierno de Macedonio muchos fieles que se negaban a entrar en comunión con él sufrieron cárcel, golpes, confiscaciones y destierro, y que algunos murieron a causa de los malos tratos. Estos cristianos anónimos son recordados como testigos de la fe que prefirieron sufrir antes que renunciar a sus convicciones.
Biografía: redacción de Misa de Hoy.