Celerino fue un cristiano de Roma del siglo III, perteneciente a una familia que ya había dado mártires a la Iglesia: su abuela Celerina y sus tíos Lorenzo e Ignacio, antiguos soldados, habían muerto por la fe. Conocemos su historia gracias a las cartas de san Cipriano, obispo de Cartago, que lo trató personalmente y elogió su valor.
Al comienzo de la persecución del emperador Decio, hacia el año 250, Celerino fue arrestado siendo muy joven y llevado a juicio. Permaneció diecinueve días en prisión, encadenado y sometido a torturas, sin renegar de Cristo, y finalmente fue puesto en libertad con las cicatrices de los tormentos en el cuerpo. Poco después viajó a Cartago, en el norte de África, donde Cipriano lo ordenó lector, es decir, encargado de proclamar las lecturas en la liturgia, considerando que nadie mejor que un confesor de la fe para leer públicamente el Evangelio. Una de sus cartas, en la que lamenta la caída de una hermana suya que había cedido ante la persecución, se conserva entre la correspondencia de Cipriano.
El Martirologio Romano lo honra como mártir el 3 de febrero, junto con la memoria de sus familiares.
Biografía: redacción de Misa de Hoy.