
Alejandro fue obispo de Bizancio, la ciudad que el emperador Constantino transformó en Constantinopla y convirtió en nueva capital del Imperio en el año 330. Ya era anciano cuando fue elegido para guiar a esa Iglesia, a comienzos del siglo IV, y la gobernó durante los años de la gran controversia arriana, que enfrentaba a quienes confesaban la plena divinidad de Cristo con los seguidores del presbítero Arrio, para quien el Hijo era una criatura.
Alejandro defendió la fe proclamada en el Concilio de Nicea del año 325. Hacia 336, Arrio, que había conseguido el favor de la corte, obtuvo una orden imperial para ser readmitido a la comunión en Constantinopla. Según los relatos antiguos, entre ellos los de san Atanasio y los historiadores eclesiásticos, el obispo se resistió a recibirlo y pidió a Dios con insistencia en oración que no permitiera aquella readmisión. Arrio murió de forma repentina la víspera del día fijado, y muchos cristianos vieron en ello una respuesta a la oración de Alejandro. San Gregorio Nacianceno elogió después esta plegaria del obispo.
Alejandro murió poco después, hacia el año 337, a una edad muy avanzada. La tradición posterior añadió a su vida otros episodios difíciles de comprobar, como una disputa con filósofos paganos. Es venerado tanto en la Iglesia católica como en las Iglesias ortodoxas, que lo cuentan entre los primeros grandes obispos de Constantinopla.
Biografía: redacción de Misa de Hoy.