Beato Alfonso María Fusco
Beato

Beato Alfonso María Fusco

Se celebra el 24 de febrero

Beato Alfonso Maria Fusco

Alfonso María Fusco, primogénito de cinco hijos,  nació  el23 marzo 1839 en Angri, provincia de Salerno, diócesis de  Nocera-Sarno, del matrimonio Aniello Fusco y Giuseppina Schiavone, ambos  de  origen campesino y educados desde el nacimiento en sanos principios  de vida cristiana y el santo temor de Dios. Se  casaron en la Colegiata de San Juan Bautista el 31  enero 1834 y por cuatro largos años la cuna preparada  con tanto amor quedó desoladamente vacía.

En Pagani, a poca  distancia  de Angri, se conservan las reliquias de San Alfonso María  de´ Liguori. En el año 1838 Aniello y Giuseppina fueron  a su tumba para rezar. En esa circunstancia sintieron decir  al redentorista Francesco Saverio Pecorelli: « Tendrán un hijo varón,  lo llamarán Alfonso, será sacerdote y seguirá la vida del  Beato Alfonso».

El niño demostró rápidamente un carácter suave,  dulce, amable,  amante de la oración y de los pobres. En la  casa paterna tuvo profesores sacerdotes eruditos y santos que lo  instruyeron y lo prepararon para su primer encuentro con Jesús.  A los siete años recibió la Primera Comunión y en  seguida la Confirmación.

A los once años manifestó a sus padres  el deseo de hacerse sacerdote y el 5 noviembre 1850  «espontáneamente y solamente con el deseo de servir a Dios  y a la Iglesia», como él mismo declaró mucho tiempo  después, entró en el Seminario Episcopal de Nocera de Pagani.

El  29 mayo 1863 fue ordenado sacerdote por el Arzobispo de  Salerno, Mons. Antonio Salomone, entre el regocijo de su familia  y el entusiasmo del pueblo de Angri. Se distinguió bien  pronto entre los sacerdotes de la Colegiata de San Juan  Bautista de Angri por su celo, por su dedicación al  servicio litúrgico y por la diligencia en administrar los sacramentos,  especialmente la confesión, donde mostraba toda su paternidad y  comprensión  por el penitente. Se dedicaba a la evangelización del pueblo  con una predicación profunda, sencilla e incisiva.

La vida diaria  de  don Alfonso era la de un sacerdote diligente que llevaba  en su corazón un viejo sueño. En los últimos días  de seminario, una noche había soñado que Jesús Nazareno le  había pedido, apenas fuese ordenado sacerdote, fundar un Instituto de  religiosas y un orfanato para niños y niñas.

Fue el encuentro  con Maddalena Caputo en Angri, una joven de carácter fuerte  y decidido, que aspiraba a la vida religiosa, lo que  empujó a don Alfonso a acelerar el tiempo para la  fundación del Instituto. El 25 septiembre, la señorita Caputo y  otras tres jóvenes se retiraron al oscurecer, a una casa  destartalada de Scarcella, en el distrito de Ardinghi en Angri.  Las jóvenes querían dedicarse a su propia santificación, a través  de una vida de unión con Dios, de pobreza y  de caridad, y a través del cuidado e instrucción de  los huérfanos pobres.

Así fue fundada la Congregación de las  Hermanas  Bautistinas del Nazareno; la semilla cayó en buena tierra, en  aquellos cuatro corazones ardientes y generosos y a través de  privaciones, luchas, oposiciones, y pruebas el Señor la hizo desarrollar   abundantemente. La Casa Scarcella fue conocida rápidamente como la  Pequeña  Casa de la Providencia.

Empezaron a llegar otras postulantes y  las  primeras huérfanas y, con ellas, las primeras dificultades. El Señor,  que hace sufrir mucho a quien ama mucho, no ahorró  penas ni sufrimientos al Fundador y a sus hijas. Don  Alfonso aceptó siempre las pruebas, a veces muy duras, manifestando  una completa conformidad a la voluntad de Dios, una heroica  obediencia a los superiores y una inmensa confianza en la  Providencia.

La tentativa injusta del Obispo diocesano, Mons.  Saverio Vitagliano, de  remover, por culpa de una serie de acusaciones falsas, a  don Alfonso como director de la obra; la negativa a  abrirle la puerta de la casa en Via Germanico a  Roma, de parte de sus mismas hijas, causado por un  deseo de división; las palabras del Cardenal Respighi, Vicario de  Roma: «Ha fundado una comunidad de hermanas competentes que han  hecho su deber. ¡Ahora retírese!»; entre otros, fueron para él  momentos de gran sufrimiento. Lo vieron rezar con un corazón  angustiado, como Jesús en el huerto, en la capilla de  la Casa Madre en Angri y en la Iglesia de  S. Joaquín en Prati (Roma).

Don Alfonso no dejó mucho escrito.  Preferiría hablar con su testimonio de vida. Las breves frases,  ricas de sabiduría evangélica, que se pueden sacar de sus  escritos y de los testimonios de los que lo conocían,  son rayos que iluminan su vida sencilla, su gran amor  por la Eucaristía, por la Pasión de Jesús y su  filial devoción a la Virgen Dolorosa. Repetía frecuentemente a sus  Religiosas: «Hagámonos santos siguiendo a Jesús de cerca... Hijas, si  viven en la pobreza, en la castidad y en la  obediencia, resplandecerán como estrellas arriba en el cielo».

Dirigía  el Instituto  con gran sabiduría y prudencia y, como padre amoroso, cuidaba  sus Religiosas y las huérfanas. Tenía una ternura casi maternal  para todos, especialmente para las huérfanas más necesitadas; para ellas   había siempre un lugar en la Pequeña Casa de la  Providencia, aún cuando el alimento era escaso o simplemente faltaba.  Entonces don Alfonso tranquilizaba a sus hijas preocupadas, diciendo:  «No  se preocupen, hijas mías, ahora voy a ver a Jesús  y Él proveerá». Y Jesús respondía con rapidez y gran  generosidad. ¡Para quien cree todo es posible!

En el tiempo en  que la instrucción era un privilegio de pocos, negada para  los pobres y las mujeres, don Alfonso no ahorraba ningún  sacrificio con tal de dar a los niños una vida  tranquila, el estudio y la preparación necesarias para una ocupación  digna, de manera que, una vez adultos, pudieran vivir como  ciudadanos honrados y cristianos comprometidos. Quería también que sus  Religiosas  empezaran pronto a estudiar, para estar preparadas para enseñar a  los pobres y, a través de la instrucción y evangelización,  preparar los caminos de Jesús, especialmente en los corazones de  los niños y jóvenes.

Su voluntad tenaz, totalmente anclada a la  Divina Providencia, la colaboración sabia y prudente de Maddalena Caputo   que, con el nombre de Sor Crocifissa, fue la primera  superiora del naciente Instituto, el estímulo continuo por el amor  de Dios y el prójimo, permitieron el desarrollo extraordinario de  la obra en breve tiempo. Las muchas peticiones de asistencia  para un número siempre mayor de huérfanos y de niños  empujó a don Alfonso a abrir nuevas casas, primero en  la región de la Campania y posteriomente en otras regiones  de Italia.

El 5 febrero 1910 se sintió mal durante la  noche. Pidió y recibió los Sacramentos, y la mañana del  domingo 6 febrero, después de haber bendecido, con brazo tembloroso,  a sus hijas que lloraban alrededor de su cama, exclamó:  «Señor, te doy gracias, he sido un siervo inútil». Después  se volvió hacia las Religiosas y dijo: «Del cielo no  os olvidaré, rezaré siempre por vosotras». Y se quedó dormido  tranquilamente en el Señor.

Rápidamente se difundió la noticia de  su  muerte, durante todo ese día, se formó una fila de  personas que lloraban diciendo: «¡Ha muerto el padre de los  pobres, ha muerto el santo!».

Su testimonio ha sido una fuente  de vida y de gracia en particular para las Religiosas,  hoy difundidas en cuatro continentes.

El 12 febrero 1976 el Papa  Pablo VI reconoció sus virtudes heroicas y el Papa Juan  Pablo II el 7 octubre 2001 proclamandolo beato, lo ofrece  como ejemplo a los sacerdotes y lo indica a todos  como modelo de educador y protector especialmente de los pobres  y necesitados.

Si tiene información pertinente para la  cononización del Beato  Alfonso, contacte a:
Suore di S. Giovanni Battista
Circonvallazione Cornelia, 65
00165 Roma, ITALY

Oración

 

Oremos

Señor Dios todopoderoso, que de entre tus fieles elegiste a Beato Alfonso Maria Fusco para que manifestara a sus hermanos el camino que conduce a ti, concédenos que su ejemplo nos ayude a seguir a Jesucristo, nuestro maestro, para que logremos así alcanzar un día, junto con nuestros hermanos, la gloria de tu reino eterno. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

 

 

 

Fuente de la biografía: Evangelizo.org.

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