
Félix I fue obispo de Roma, es decir, papa, aproximadamente entre los años 269 y 274, en tiempos del emperador Aureliano. Sucedió al papa Dionisio. Las fuentes antiguas aportan muy pocos datos seguros sobre su vida; se sabe que era romano y que su padre se llamaba Constancio.
El hecho más conocido de su pontificado está relacionado con Pablo de Samosata, obispo de Antioquía, que había sido depuesto por un sínodo de obispos orientales a causa de sus ideas sobre la Trinidad y la persona de Cristo, pero que se negaba a abandonar la sede. El caso llegó al emperador, quien, según el historiador Eusebio de Cesarea, dispuso que la sede quedara en manos de quien estuviera en comunión con los obispos de Italia y de Roma. Se le atribuyó también una carta doctrinal que fue leída siglos después en el Concilio de Éfeso, aunque los estudiosos consideran que no es auténtica.
Una tradición posterior lo presentó como mártir, pero hoy se considera que murió de forma natural. Fue sepultado en las catacumbas de San Calixto, en la vía Apia, como otros papas del siglo III. Durante mucho tiempo se le celebró el 30 de mayo por un error de copia de las listas antiguas; el Martirologio romano actual recuerda su sepultura el 30 de diciembre.
Biografía: redacción de Misa de Hoy.