Marcolino Amanni nació en Forlì, en la región italiana de Emilia-Romaña, a comienzos del siglo XIV, y según la tradición ingresó muy niño en el convento dominico de su ciudad. Vivió en una época difícil para las órdenes religiosas: la peste negra de 1348 diezmó los conventos y la disciplina se relajó en muchos lugares. A finales de ese siglo, el beato Raimundo de Capua, discípulo de santa Catalina de Siena, impulsó la reforma de los dominicos, y Marcolino se contó entre los frailes que vivieron con fidelidad la observancia.
No destacó como profesor ni como predicador. Su vida fue silenciosa y escondida: oración prolongada, recogimiento, humildad en los oficios del convento y un servicio sencillo a los pobres y a los niños de su ciudad, que lo querían mucho. Tenía una especial devoción a la Virgen María. Sus hermanos de comunidad no siempre valoraron su sencillez, y solo después de su muerte se reconoció ampliamente su santidad.
Murió en Forlì el 2 de enero de 1397. Sus restos se veneran en esa ciudad, donde su culto nació enseguida. El papa Benedicto XIV lo confirmó en 1750. La Orden de Predicadores lo recuerda como modelo de santidad escondida, que predicaba más con la vida que con las palabras.
Biografía: redacción de Misa de Hoy.