Día 5 de 9

Quinto día — Gente buena en su camino

  1. Oración de todos los días

    Señor, mi hijo está lejos.

    Yo ya he dicho todo lo que tenía que decir.
    Habla tú, por donde yo no llego.
    Y mientras, cállame la boca
    y dame paciencia larga.
    Amén.

  2. Lectura del día

    Hechos de los Apóstoles 9,10-17

    10 Estaba a la sazón en Damasco un discípulo, llamado Ananías, al cual dijo el Señor en una visión: ¿Ananías? Y él respondió: Aquí me tenéis, Señor. 11 Levántate, le dijo el Señor, y ve a la calle llamada recta: y busca en casa de Judas a un hombre de Tarso, llamado Saulo, que ahora está en oración. 12 (Y veía a un hombre llamado Ananías, que entraba y le imponía las manos para que recobrase la vista.) 13 Mas respondió Ananías: Señor, he oído decir a muchos que este hombre ha hecho grandes daños a tus santos en Jerusalén: 14 y aun aquí está con poderes de los príncipes de los sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre. 15 Ve a encontrarle, le dijo el Señor, que ese mismo es ya un instrumento elegido por Mí para llevar mi nombre, y anunciarle delante de todas las naciones, de los reyes y de los hijos de Israel. 16 Y Yo le haré ver cuántos trabajos tendrá que padecer por mi nombre. 17 Marchó, pues, Ananías, y entró en la casa: e imponiéndole las manos, le dijo: Saulo, hermano mío, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino que traías, me ha enviado para que recobres la vista, y quedes lleno del Espíritu Santo.
  3. Meditación del día 5

    A Agustín lo cambiaron unos amigos y un obispo, no su madre directamente.

    Saulo había perseguido a los cristianos y ahora está ciego en Damasco. Dios le pide a un tal Ananías que vaya a verlo. Ananías se resiste: es el que vino a arrestarnos. Pero va, le impone las manos y lo llama «hermano». Ese gesto de un desconocido cambia la vida de san Pablo.

    Con san Agustín pasó algo parecido. No lo convenció directamente su madre, sino un camino lleno de gente: el obispo Ambrosio de Milán, cuyas predicaciones escuchaba, su amigo Alipio, la vida de san Antonio que le contó un conocido, lecturas. Mónica rezó, y Dios fue poniendo a esas personas por el camino.

    A veces los padres somos los peores mensajeros para nuestros hijos. Hay demasiada historia, demasiadas heridas, demasiado ruido entre nosotros. Por eso esta petición es tan sabia: pide que Dios ponga en su vida a alguien bueno que tú no puedes ponerle. Un amigo, un compañero de trabajo, una pareja, un profesor, un sacerdote. Y si sabes de alguien que puede ayudarle, no lo fuerces; quizá basta con que no lo alejes.

  4. Petición

    Pon en su vida a alguien bueno
    que yo no puedo ponerle.
    Amén.

  5. Oración final

    Santa Mónica, que rezaste diecisiete años,
    ruega conmigo por mi hijo.

    Señor, tú conoces el camino de vuelta
    mejor que yo.
    Tráelo cuando sea su hora.
    Amén.

Mañana toca el día 6. Vuelve a esta hora.