Salmos 40
1 Para el fin: salmo de David.
2 Bienaventurado aquel que piensa en el necesitado y en el pobre: el Señor le librará en el día aciago.
3 Guárdele el Señor, y confórtele, y hágale feliz en la tierra, y no le entregue a discreción de sus enemigos.
4 Consuélele el Señor cuando se halle postrado en el lecho de su dolor; tú mismo, Señor, le mullías toda su cama en su enfermedad.
5 En cuanto a mí, dije: Señor, ten lástima de mí; sana mi alma, porque pequé contra ti.
6 Prorrumpían mis enemigos en imprecaciones contra mí: ¿Cuándo morirá éste, decían, y se acabará su memoria?
7 Y si alguno entraba a visitarme, hablaba con mentira, tramando en su corazón iniquidades. Salíase afuera, y se confabulaba
8 con los otros. Susurraban contra mí todos mis enemigos; todos conspiraban para acarrearme males.
9 Sentencia inicua pronunciaron contra mí. Mas, ¿por ventura el que duerme no ha de volver a levantarse?
10 Lo que más es, un hombre con quien vivía yo en dulce paz, de quien yo me fiaba, y que comía de mi pan, ha urdido una grande traición contra mí.
11 Pero tú, Señor, ten piedad de mí, y levántame, que yo les daré a ellos su merecido.
12 En esto habré conocido que tú me amas; puesto que no tendrá rni enemigo que holgarse a costa mía.
13 Porque tú me has tomado bajo tu protección a causa de mi inocencia, y me has puesto en lugar seguro ante tu acatamiento por toda la eternidad.
14 Bendito sea el Señor Dios de Israel por los siglos de los siglos. ¡Así sea! ¡Así sea!