Salmos 39

1 Para el fin: salmo del mismo David.

2 Con ansia suma estuve aguardando al Señor, y por fin inclinó a mí sus oídos,

3 y escuchó benignamente mis súplicas. Y sacóme del lago de la miseria y del inmundo cieno. Y asentó mis pies sobre piedra, dando firmeza a mis pasos.

4 Púsome en la boca un cántico nuevo, un cántico en loor de nuestro Dios. Verán esto muchos, y temerán al Señor, y pondrán en él su esperanza.

5 Bienaventurado el hombre cuya esperanza toda es el nombre del Señor, y que no volvió sus ojos hacia la vanidad y a las necedades engañosas.

6 Muchas son las maravillas que has obrado, oh Señor Dios mío; y no hay quien pueda asemejarse a ti en tus designios. Púseme yo a referirlos y anunciarlos: exceden todo guarismo.

7 Tú no has querido sacrificios ni oblaciones: pero me has dado oídos perfectos. Tampoco pediste holocausto, ni víctima por el pecado:

8 yo entonces dije: Aquí estoy: Yo vengo (conforme está escrito de mí al frente del libro de la Ley)

9 para cumplir tu voluntad. Eso he deseado siempre, oh Dios mío; y tengo tu Ley en medio de mi corazón.

10 He anunciado tu justicia en una iglesia o asamblea grande; no tendré jamás cerrados mis labios: Señor, tú lo sabes.

11 No he tenido escondida tu justicia en mi corazón; publiqué tu verdad, y la salvación que de ti viene. No oculté tu misericordia y tu verdad a la numerosa congregación.

12 Pero tú, Señor, no alejes de mí tus piedades; tu misericordia y tu fidelidad me han amparado en todo trance.

13 Porque me hallo cercado de males sin número; sorprendiéronme mis pecados, y no pude distinguirlos bien: multiplicáronse más que los cabellos de mi cabeza; y mi corazón ha desmayado.

14 ¡Oh! Plegué a ti, Señor, el librarme; vuelve hacia mí tus ojos para socorrerme.

15 Queden de una vez confundidos y avergonzados cuantos buscan cómo quitarme la vida; vuélvanse atrás llenos de confusión los que mi mal desean.

16 Sufran luego la ignominia que merecen aquellos que me dicen: Ea, ea.

17 Regocíjense en ti, y salten de gozo todos los que te siguen; y aquellos que aman a tu Salvador digan siempre: Glorificado sea el Señor.

18 Yo por mí soy un mendigo y desvalido; pero el Señor tiene cuidado de mí. Tú eres, ¡oh Señor!, mi valedor y protector. No tardes, Dios mío.