Salmos 140

1 Salmo de David.

2 Señor, a ti he clamado, óyeme benigno; atiende a mi voz cuando hacia ti la dirija.

3 Ascienda mi oración ante tu acatamiento, como el olor del incienso; sea la elevación de mis manos tan acepta como el sacrificio de la tarde.

4 Pon, Señor, una guardia a mi boca, y un candado que cierre enteramente mis labios.

5 No permitas que se deslice mi corazón a palabras maliciosas, para pretextar excusas en los pecados, como hacen los hombres malvados; en sus delicias no quiero tener parte.

6 El justo me corregirá y reprenderá con caridad y misericordia; pero nunca llegará a ungir con bálsamo mi cabeza el pecador. Porque mis oraciones se dirigirán siempre contra sus antojos;

7 perecerán sus caudillos, estrellándose contra las peñas. Oirán cómo han sido eficaces mis palabras.

8 Al modo que en el campo se desmenuza el grueso terrón, así fueron desencajados nuestros huesos; estuvimos a punto de morir.

9 Pero, Señor, pues que mis ojos están levantados hacia ti; ¡oh Señor!, pues que en ti he esperado, no me quites la vida.

10 Guárdame de los lazos que me han armado, y de las emboscadas de esa malvada gente.

11 Caerán los pecadores en sus mismas redes, mientras que yo pasaré libre y seguro.

De qué trata este capítulo

Oración de la tarde atribuida a David (salmo 141 en la numeración hebrea). Su versículo más famoso es el 3: que la oración suba como incienso ante el Señor y que las manos alzadas sean como la ofrenda de la tarde. Por eso, desde los primeros siglos, la Iglesia lo canta en las Vísperas, a veces mientras se inciensa el altar.

El orante pide un centinela para su boca, que guarde la puerta de sus labios (versículo 4), y que su corazón no se incline al mal ni participe en los banquetes de los malvados (versículo 5). Con los ojos fijos en el Señor, ruega que lo libre de las trampas que le han tendido (versículos 9 a 11).