
Sabino es venerado como obispo de Spoleto, en la Umbría italiana, y mártir de finales del siglo III o comienzos del IV, durante la persecución de Diocleciano. Los datos históricos sobre él son escasos, e incluso se discute si fue realmente obispo; su culto, en cambio, es antiguo, y su imagen aparece en los mosaicos del siglo VI de la basílica de San Apolinar el Nuevo, en Rávena.
La tradición, recogida en un relato de su pasión, cuenta que fue encarcelado por su fe y que en la prisión devolvió la vista a un ciego. Según esa narración, le cortaron las manos, y más tarde curó también la enfermedad de los ojos de un funcionario romano, que se convirtió. Esto enfureció a los soldados, que lo mataron a golpes. La diócesis de Spoleto lo venera junto con los diáconos Marcelino y Exuperancio, que según la misma tradición murieron con él.
Sus reliquias tuvieron una historia singular. A mediados del siglo X, durante una epidemia de peste en Spoleto, el duque Conrado, hijo del marqués Berengario de Ivrea, se las llevó consigo a Ivrea, en el Piamonte, para proteger la ciudad de su familia. Allí se convirtió en patrono, y sus restos se conservan todavía en la catedral de Ivrea, que celebra cada 7 de julio el aniversario del traslado. El Martirologio Romano lo recuerda el 7 de diciembre.
Biografía: redacción de Misa de Hoy.