
San Marcos fue obispo de Aretusa, ciudad de Siria correspondiente a la actual Rastán, en el siglo IV. Vivió en la época de las grandes controversias sobre la divinidad de Cristo que siguieron al Concilio de Nicea, y su postura en ellas fue compleja: participó en varios sínodos de su tiempo con obispos de tendencia moderada. Aun así, la tradición lo recuerda por su firmeza durante la persecución del emperador Juliano.
En tiempos del emperador Constancio, Marcos había destruido un templo pagano de su ciudad y construido en su lugar una iglesia, lo que le ganó la enemistad de los paganos. Cuando Juliano, llamado el Apóstata, llegó al poder en el año 361, ordenó que quienes hubieran destruido templos los reconstruyeran o pagaran su valor. Marcos se negó. Al principio huyó, pero al saber que algunos de sus fieles habían sido detenidos en su lugar, regresó y se entregó.
Según el relato de san Gregorio Nacianceno, que lo elogió como un anciano santo y admirable, fue sometido a crueles malos tratos por la multitud, pero no cedió ni aceptó pagar siquiera una pequeña cantidad. Su entereza impresionó incluso a sus perseguidores, que acabaron liberándolo. Murió en paz, ya muy anciano, en tiempos del emperador Joviano o poco después. Es venerado en las Iglesias de Oriente y de Occidente.
Biografía: redacción de Misa de Hoy.