Día 1 de 9

Primer día — La pierna rota

  1. Oración de todos los días

    San Ignacio de Loyola,
    que aprendiste a distinguir lo que deja paz
    de lo que deja inquietud:

    enséñame a discernir lo que tengo delante.
    Toma, Señor, y recibe toda mi libertad.
    Amén.

  2. Lectura del día

    Génesis 32,24-31

    24 quedóse solo; y he aquí que se le apareció un personaje, que comenzó a luchar con él hasta la mañana. 25 Este varón respetable, viendo que no podía sobrepujar a Jacob, le tocó el tendón del muslo, que al instante se secó. 26 Y le dijo: Déjame ir, que ya raya el alba. Jacob respondió: No te dejaré ir si antes no me das la bendición. 27 ¿Cómo te llamas?, le preguntó el ángel. Él respondió: Jacob. 28 No ha de ser ya tu nombre Jacob, dijo entonces el ángel, sino Israel; porque si con el mismo Dios te has mostrado fuerte, ¿cuánto más prevalecerás contra todos los hombres? 29 Preguntóle Jacob: Dime ahora, ¿cuál es tu nombre? Respondió: ¿Por qué quieres saber mi nombre? Y allí mismo le dio su bendición. 30 Por donde Jacob llamó a aquel lugar Fanuel, diciendo: Yo he visto a Dios cara a cara, y mi vida ha quedado en salvo. 31 Al punto que partió de Fanuel le salió el sol; mas él iba cojeando de un pie.
  3. Meditación del día 1

    Su conversión empezó con un fracaso físico que le cambió los planes a la fuerza.

    Jacob lucha toda la noche con un desconocido junto al río. Al amanecer, el otro le toca la cadera y lo deja herido, pero Jacob no lo suelta hasta recibir una bendición. Sale de allí con un nombre nuevo, Israel, y cojeando. La bendición y la herida llegan juntas.

    Íñigo de Loyola era un hidalgo vasco que soñaba con la gloria militar y cortesana. En 1521, defendiendo Pamplona, una bala de cañón le destrozó una pierna. Pidió que se la volvieran a romper y operar para que no le quedara deforme, y aun así cojeó el resto de su vida. Durante la convalecencia en Loyola, sin libros de caballería, leyó una vida de Cristo y otra de santos, y empezó a cambiar.

    Casi nadie cambia de rumbo porque todo le va bien. Un despido, un accidente, una ruptura o una enfermedad obligan a parar y a mirar. No hace falta decir que la desgracia fue buena; muchas no lo son. Pero sí se puede preguntar qué se ve ahora que antes no se veía, y qué puerta queda abierta.

  4. Petición

    En lo que se me ha roto,
    muéstrame qué puerta se abre.
    Amén.

  5. Oración final

    Toma, Señor, y recibe
    toda mi libertad, mi memoria,
    mi entendimiento y toda mi voluntad;
    todo mi haber y mi poseer.
    Tú me lo diste, a ti, Señor, lo torno.
    Dame tu amor y tu gracia,
    que eso me basta.
    Amén.

Mañana toca el día 2. Vuelve a esta hora.