Salmos 62

1 Salmo de David,

2 estando en el desierto de Idumea.

3 Dios mío, i oh mi Dios!, a ti aspiro, y me dirijo desde que apunta la aurora. De ti está sedienta el alma mía. ¡Y de cuántas maneras lo está también este mi cuerpo!

4 En esta tierra desierta e intransitable y sin agua, me pongo en tu presencia, como si me hallara en el santuario, para contemplar poder y la gloria tuya.

5 Más apreciable es que mil vidas tu misericordia; por tanto, se ocuparán mis labios en tu alabanza.

6 Por eso te bendeciré toda mi vida, y alzaré mis manos invocando tu nombre.

7 Quede mi alma bien llena de ti como de un manjar pingüe y jugoso; y entonces, con labios que rebosen de júbilo, te cantará mi boca himnos de alabanza.

8 Me acordaba de ti en mi lecho, en ti meditaba luego que amanecía;

9 pues tú eres mi amparo. Y a la sombra de tus alas me regocijaré;

10 en pos de ti va anhelando el alma mía; protegido me ha tu diestra.

11 En vano han buscado cómo quitarme la vida; entrarán en las cavernas más profundas de la tierra;

12 entregados serán a los filos de la espada; serán pasto de las raposas.

13 Entre tanto, el rey se regocijará en Dios; loados serán aquellos que le juran; porque quedó así tapada la boca de todos los que hablaban inicuamente.