Los cinco mártires de Tiro murieron en esa ciudad de la costa fenicia, en el actual Líbano, durante la gran persecución de Diocleciano, hacia el año 304. Sus nombres no se han conservado, pero su testimonio es especialmente valioso porque fue recogido por un testigo directo: el historiador Eusebio, futuro obispo de Cesarea, que estuvo presente en los hechos y los narró en su historia de la Iglesia.
Según su relato, los mártires, que eran jóvenes, fueron primero azotados y después expuestos desnudos en el anfiteatro a las fieras, entre ellas leopardos, osos, jabalíes y toros. Para sorpresa del público, los animales se acercaban y se retiraban sin atacarlos, a pesar de que los cuidadores los azuzaban. Uno de ellos, de unos veinte años, permanecía de pie con los brazos extendidos en forma de cruz, rezando sin moverse, mientras las fieras pasaban a su lado. Finalmente, ante la inutilidad de las fieras, todos fueron decapitados y sus cuerpos arrojados al mar.
La persecución en aquella región se prolongó durante varios años, y en Tiro murieron otros cristianos, como el obispo Tiranión. La Iglesia recuerda a estos cinco jóvenes el 20 de febrero, como testigos de una fe que impresionó incluso a quienes asistían a su ejecución.
Biografía: redacción de Misa de Hoy.