Salmos 31

1 Del mismo David, salmo de inteligencia.

2 Felices aquellos a quienes se han perdonado sus iniquidades, y se han borrado sus pecados.

3 Dichoso el hombre a quien el Señor no arguye de pecado; y cuya alma se halla exenta de dolo.

4 Por haber yo callado, se consumieron mis huesos, dando alaridos todo el día.

5 Porque de día y de noche me hiciste sentir tu pesada mano. Revolcábame en mi miseria, mientras tenía clavada la espina.

6 Te manifesté mi delito, y dejé de ocultar mi injusticia. Confesaré, dije yo, contra mí mismo al Señor, la injusticia mía; y tú perdonaste la malicia de mi pecado.

7 En vista de esto, orará a ti todo hombre santo, en el tiempo oportuno. Y ciertamente que en la inundación de copiosas aguas no llegarán éstas a su persona.

8 Tú eres mi asilo en la tribulación, que me tiene cercado: Tú, oh alegría mía, líbrame de los que me tienen rodeado.

9 Yo te daré, dijiste, inteligencia y te enseñaré el camino que debes seguir; tendré fijos sobre ti mis ojos.

10 Guardaos de ser semejantes al caballo y al mulo, los cuales no tienen entendimiento. Sujeta, oh Señor, con cabestro y freno las quijadas de los que se retiran de ti.

11 Muchos dolores le esperan al pecador: mas al que tiene puesta en el Señor su esperanza, la misericordia le servirá de muralla.

12 Alegraos, oh justos, y regocijaos en el Señor, y gloriaos en él vosotros todos los de recto corazón.