Calendario litúrgico
domingo, 20 de febrero de 2011
VII Domingo del Tiempo Ordinario A Ciclo A · Año I
Santo del día: Santa Jacinta Marto
Primera lectura
Libro del Levítico 19,1-2.17-18.
El Señor dijo a Moisés:
Habla en estos términos a toda la comunidad de Israel: Ustedes serán santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo.
No odiarás a tu hermano en tu corazón: deberás reprenderlo convenientemente, para no cargar con un pecado a causa de él.
No serás vengativo con tus compatriotas ni les guardarás rencor. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor.
Salmo responsorial
Salmo 103(102),1-2.3-4.8.10.12-13.
Bendice al Señor, alma mía,
que todo mi ser bendiga a su santo Nombre;
bendice al Señor, alma mía,
y nunca olvides sus beneficios.
El perdona todas tus culpas
y cura todas tus dolencias;
rescata tu vida del sepulcro,
te corona de amor y de ternura.
El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
no nos trata según nuestros pecados
ni nos paga conforme a nuestras culpas.
cuanto dista el oriente del occidente,
así aparta de nosotros nuestros pecados.
Como un padre cariñoso con sus hijos,
así es cariñoso el Señor con sus fieles;
Segunda lectura
Carta I de San Pablo a los Corintios 3,16-23.
Hermanos:
¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?
Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él. Porque el templo de Dios es sagrado, y ustedes son ese templo.
¡Que nadie se engañe! Si alguno de ustedes se tiene por sabio en este mundo, que se haga insensato para ser realmente sabio.
Porque la sabiduría de este mundo es locura delante de Dios. En efecto, dice la Escritura: El sorprende a los sabios en su propia astucia,
y además: El Señor conoce los razonamientos de los sabios y sabe que son vanos.
En consecuencia, que nadie se gloríe en los hombres, porque todo les pertenece a ustedes:
Pablo, Apolo o Cefas, el mundo, la vida, la muerte, el presente o el futuro. Todo es de ustedes,
pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios.
Evangelio
Evangelio según San Mateo 5,38-48.
Jesús, dijo a sus discípulos:
Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente.
Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra.
Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto;
y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él.
Da al que te pide, y no le vuelvas la espalda al que quiere pedirte algo prestado.
Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo.
Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores;
así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.
Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos?
Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?
Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo.
Reflexión del día
«Amad a vuestros enemigos»
Nada nos inflama tanto en amor a los enemigos, en lo cual consiste la perfección del amor fraterno, si no es considerar con gratitud la admirable paciencia del «más bello de los hijos de los hombres» (Sl 44,3). Ofreció su bello rostro a los impíos para que le cubrieran de salivazos. Dejó que le vendaran sus ojos, esos que con una señal suya gobierna el universo. Expuso su espalda a los latigazos... Sometió su cabeza, ante la cual deben temblar los príncipes y poderosos, a los pinchos de las espinas. Él mismo se entregó a las afrentas e injurias. Al fin, soportó pacientemente la cruz, los clavos, la lanza, la hiel, el vinagre, permaneciendo en medio de todo ello con total dulzura y serenidad. «Como un cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca» (Is 53,7).
Al escuchar esta admirable frase, llena de dulzura, de amor y de imperturbable serenidad «Padre, perdónalos» (Lc 23,34), ¿hay algo que se pudiera añadir a la dulzura y caridad de esta plegaria?
Y, sin embargo, el Señor añadió alguna cosa. No se contentó con pedir; quiso también excusar: «Padre, dice, perdónalos, porque no saben lo que se hacen». Sin duda son unos grandes pecadores, pero apenas tiene conciencia de ello; por eso, «Padre, perdónalos». Crucifican, pero no saben a quién crucifican... Creen que se trata de un infractor de la Ley, de un usurpador de la divinidad, de un seductor del pueblo. Les he ocultado mi rostro. No han reconocido mi majestad. Por eso: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que se hacen.»
Que el hombre, pues, para aprender a amar, que no se deje arrastrar por los impulsos de la carne... Que ponga todo su afecto en la dulce paciencia de la carne del Señor. Para encontrar un descanso más perfecto y más dichoso en las delicias de la caridad fraterna, que abrace a sus enemigos en los brazos del verdadero amor. Pero con el fin de que este fuego divino no disminuya por las injurias, que fije siempre los ojos del espíritu sobre la serena paciencia de su amado Señor y Salvador.
— San Elredo de Rieval (1110-1167) El Espejo de la Caridad III, 5
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Fuente: Evangelizo.org