Calendario litúrgico
viernes, 22 de agosto de 2008
Santísima Virgen María Reina Ciclo A · Año II
Santo del día: Beato Simeón Lukac
Primera lectura
Libro de Ezequiel 37,1-14.
La mano del Señor se posó sobre mí, y el Señor me sacó afuera por medio de su espíritu y me puso en el valle, que estaba lleno de huesos.
Luego me hizo pasar a través de ellos en todas las direcciones, y vi que los huesos tendidos en el valle eran muy numerosos y estaban resecos.
El Señor me dijo: "Hijo de hombre, ¿podrán revivir estos huesos?". Yo respondí: "Tú lo sabes, Señor ".
El me dijo: "Profetiza sobre estos huesos, diciéndoles: Huesos secos, escuchen la palabra del Señor.
Así habla el Señor a estos huesos: Yo voy a hacer que un espíritu penetre en ustedes, y vivirán.
Pondré nervios en ustedes, haré crecer carne sobre ustedes, los recubriré de piel, les infundiré un espíritu, y vivirán. Así sabrán que yo soy el Señor ".
Yo profeticé como se me había ordenado, y mientras profetizaba, se produjo un temblor, y los huesos se juntaron unos con otros.
Al mirar, vi que los huesos se cubrían de nervios, que brotaba la carne y se recubrían de piel, pero no había espíritu en ellos.
Entonces el Señor me dijo: "Convoca proféticamente al espíritu, profetiza, hijo de hombre, Tú dirás al espíritu: Así habla el Señor: Ven, espíritu, ven de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos para que revivan".
Yo profeticé como él me lo había ordenado, y el espíritu penetró en ellos. Así revivieron y se incorporaron sobre sus pies. Era un ejército inmenso.
Luego el Señor me dijo: Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. Ellos dicen: "Se han secado nuestros huesos y se ha desvanecido nuestro esperanza. ¡Estamos perdidos!".
Por eso, profetiza diciéndoles: Así habla el Señor: Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas, y los haré volver, pueblo mío, a la tierra de Israel.
Y cuando abra sus tumbas y los haga salir de ellas, ustedes, mi pueblo, sabrán que yo soy el Señor.
Yo pondré mi espíritu en ustedes, y vivirán; los estableceré de nuevo en su propio suelo, y así sabrán que yo, el Señor, lo he dicho y lo haré -oráculo del Señor-.
Salmo responsorial
Salmo 107(106),2-3.4-5.6-7.8-9.
Que lo digan los redimidos por el Señor,
los que él rescató del poder del enemigo
y congregó de todas las regiones:
del norte y del sur, del oriente y el occidente;
los que iban errantes por el desierto solitario,
sin hallar el camino hacia un lugar habitable.
Estaban hambrientos, tenían sed
y ya les faltaba el aliento;
pero en la angustia invocaron al Señor,
y él los libró de sus tribulaciones:
los llevó por el camino recto,
y así llegaron a un lugar habitable.
Den gracias al Señor por su misericordia
y por sus maravillas en favor de los hombres,
porque él sació a los que sufrían sed
y colmó de bienes a los hambrientos.
Evangelio
Evangelio según San Mateo 22,34-40.
Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él,
y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
"Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?".
Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu.
Este es el más grande y el primer mandamiento.
El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas".
Reflexión del día
«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón»
Hemos recibido de Dios la natural tendencia a hacer lo que él manda y no nos podemos revelar como si nos pidiera una cosa totalmente extraordinaria, ni enorgullecernos como si diéramos más de lo que se nos ha dado... Al recibir de Dios el mandamiento del amor, inmediatamente, desde nuestro origen, poseemos la facultad natural de amar. Esta información no nos viene desde fuera de nosotros mismos; cada uno, por sí mismo, puede darse cuenta que, naturalmente, buscamos lo que es bueno...; sin que nadie nos lo enseñe, amamos a nuestros allegados por la sangre o por matrimonio; en fin, que gustosos manifestamos nuestra benevolencia a nuestros bienhechores.
Ahora bien ¿hay algo más admirable que la belleza de Dios?... ¿Hay un deseo más ardiente que la sed provocada por Dios en el alma purificada, que clama con sincera emoción: «El amor me ha llagado»? (Ct 2,5)... Esta belleza es invisible a los ojos del cuerpo; tan sólo el alma y la inteligencia pueden captarla. Cada vez que ha iluminado a los santos, ha dejado en ellos el aguijón de un gran deseo, hasta tal punto que han exclamado: «Ay de mí que mi destierro se alarga» (Sl 119, 5), «¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios?» (Sl 41,3) y « Quisiera marcharme y estar con Cristo» (Flp 1,23). «Mi alma tiene sed del Dios vivo» (Sl 41,3)... Es así que los hombres, naturalmente, aspiran a lo bueno. Y lo que es bueno es también soberanamente amable; ahora bien, Dios es bueno; todo busca lo bueno; así pues: todo busca a Dios...
Si el afecto de los niños por sus padres es un sentimiento natural que se manifiesta en los instintos de los animales y en la disposición de los hombres a amar a su madre desde la más tierna edad, no seamos menos inteligentes que los niños, ni más estúpidos que las bestias salvajes: no nos quedemos delante de Dios que nos ha creado como si fuéramos unos extraños sin amor. Aunque no hubiéramos aprendido a través de su bondad lo que él es, aún así deberíamos, por el único motivo de ser creados por él, amarlo por encima de todo, y tenerle siempre en el recuerdo como los niños lo tiene con su madre.
— San Basilio (c. 330-379) Grandes Reglas, Q. 2
Homilías de los papas
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Fuente: Evangelizo.org
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