Calendario litúrgico
lunes, 21 de abril de 2008
Lunes de la 5a semana de Pascua Ciclo A · Año II
Santo del día: San Maximiano Constantinopla
Primera lectura
Libro de los Hechos de los Apóstoles 14,5-18.
Al producirse en Iconio un tumulto los paganos y los judíos, dirigidos por sus jefes, intentaron maltratar y apedrear a Pablo y Bernabé.
Estos, al enterarse, huyeron a Listra y a Derbe, ciudades de Licaonia, y a sus alrededores;
y allí anunciaron la Buena Noticia.
Había en Listra un hombre que tenía las piernas paralizadas. Como era tullido de nacimiento, nunca había podido caminar,
y sentado, escuchaba hablar a Pablo. Este, mirándolo fijamente, vio que tenía la fe necesaria para ser curado,
y le dijo en voz alta: "Levántate, y permanece erguido sobre tus pies". El se levantó de un salto y comenzó a caminar.
Al ver lo que Pablo acababa de hacer, la multitud comenzó a gritar en dialecto licaonio: "Los dioses han descendido hasta nosotros en forma humana",
y daban a Bernabé el nombre de Júpiter, y a Pablo el de Mercurio porque era el que llevaba la palabra.
El sacerdote del templo de Júpiter que estaba a la entrada de la ciudad, trajo al atrio unos toros adornados de guirnaldas y, junto con la multitud, se disponía a sacrificarlos.
Cuando Pablo y Bernabé se enteraron de esto, rasgaron sus vestiduras y se precipitaron en medio de la muchedumbre, gritando:
"Amigos, ¿qué están haciendo? Nosotros somos seres humanos como ustedes, y hemos venido a anunciarles que deben abandonar esos ídolos para convertirse al Dios viviente que hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos.
En los tiempos pasados, él permitió que las naciones siguieran sus propios caminos.
Sin embargo, nunca dejó de dar testimonio de sí mismo, prodigando sus beneficios, enviando desde el cielo lluvias y estaciones fecundas, dando el alimento y llenando de alegría los corazones".
Pero a pesar de todo lo que dijeron, les costó mucho impedir que la multitud les ofreciera un sacrificio.
Salmo responsorial
Salmo 115(113B),1-2.3-4.15-16.
No nos glorifiques a nosotros, Señor:
glorifica solamente a tu Nombre,
por tu amor y tu fidelidad.
¿Por qué han de decir las naciones:
«¿Dónde está su Dios?»
Nuestro Dios está en el cielo y en la tierra
él hace todo lo que quiere.
Los ídolos, en cambio, son plata y oro,
obra de las manos de los hombres.
Sean bendecidos por el Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
El cielo pertenece al Señor,
y la tierra la entregó a los hombres.
Evangelio
Evangelio según San Juan 14,21-26.
Jesús dijo a sus discípulos:
«El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él".
Judas -no el Iscariote- le dijo: "Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?".
Jesús le respondió: "El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él.
El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.
Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes.
Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.»
Reflexión del día
“Si alguno me ama…, mi Padre lo amará, y haremos morada en él”
La promesa que está ligada a la mesa eucarística hace que habitemos en Cristo y Cristo en nosotros. Porque está escrito: “Él mora en mi y yo en él” (Jn 6,56). Si Cristo mora en nosotros, ¿de qué podemos tener necesidad? ¿Qué es lo que nos podría faltar? Si moramos en Cristo, ¿qué más podemos desear? Él es al mismo tiempo nuestro huésped y nuestra morada. ¡Dichosos nosotros porque somos su habitación! ¡Qué gozo poder ser nosotros mismos morada de un tal huésped! ¿Qué bien podría faltar a los que así trata? ¿Qué es lo que podrían tener en común con el mal, los que resplandecen con una luz tal? ¿Qué mal podría resistir a tanto bien? Ninguna otra cosa puede morar en nosotros o venir a asaltarnos estando Cristo tan íntimamente unido a nosotros. Él nos rodea y penetra en lo más profundo de nosotros mismos; es nuestra protección, nuestro refugio; nos abraza y ciñe por todos lados. Es nuestra morada, y el huésped que llena toda su morada.
Porque no recibimos sólo una parte de él sino a él mismo, no un rayo de luz, sino al mismo sol… hasta el punto de no formar con él más que un solo espíritu (1C 6,17)… Nuestra alma está unida a su alma, nuestro cuerpo a su cuerpo y nuestra sangre a su sangre… Tal como lo dice san Pablo: “Nuestro ser mortal es absorbido por la vida” (2C 5,4) y “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20).
— Nicolás Cabasilas (c. 1320-1363) La Vida en Cristo, IV, 6-8
Homilías de los papas
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Fuente: Evangelizo.org
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