Calendario litúrgico
domingo, 16 de diciembre de 2007
3er domingo de Adviento Ciclo A · Año II
Santo del día: Beata María de los Ángeles · Beato Felipe Siphong Onphitak
Primera lectura
Libro de Isaías 35,1-6.10.
¡Regocíjese el desierto y la tierra reseca, alégrese y florezca la estepa!
¡Sí, florezca como el narciso, que se alegre y prorrumpa en cantos de júbilo! Le ha sido dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios.
Fortalezcan los brazos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes;
digan a los que están desalentados: "¡Sean fuertes, no teman: ahí está su Dios! Llega la venganza, la represalia de Dios: él mismo viene a salvarlos!".
Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos;
entonces el tullido saltará como un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo. Porque brotarán aguas en el desierto y torrentes en la estepa;
volverán los rescatados por el Señor; y entrarán en Sión con gritos de júbilo, coronados de una alegría perpetua: los acompañarán el gozo y la alegría, la tristeza y los gemidos se alejarán.
Salmo responsorial
Salmo 146(145),7-10.
El Señor hace justicia a los oprimidos
y da pan a los hambrientos.
El Señor libera a los cautivos.
Abre los ojos de los ciegos
y endereza a los que están encorvados,
el Señor ama a los justos
El Señor protege a los extranjeros.
Sustenta al huérfano y a la viuda;
y entorpece el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
reina tu Dios, Sión,
a lo largo de las generaciones.
¡Aleluya!
Segunda lectura
Epístola de Santiago 5,7-10.
Tengan paciencia, hermanos, hasta que llegue el Señor. Miren cómo el sembrador espera el fruto precioso de la tierra, aguardando pacientemente hasta que caigan las lluvias del otoño y de la primavera.
Tengan paciencia y anímense, porque la Venida del Señor está próxima.
Hermanos, no se quejen los unos de los otros, para no ser condenados. Miren que el Juez ya está a la puerta.
Tomen como ejemplo de fortaleza y de paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor.
Evangelio
Evangelio según San Mateo 11,2-11.
Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle:
"¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?".
Jesús les respondió: "Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven:
los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres.
¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo!".
Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo: "¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento?
¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes.
¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta.
El es aquel de quien está escrito: Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino.
Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él.
Reflexión del día
Juan el Bautista, precursor del Señor tanto en la muerte como en la vida
¿Por qué, desde la prisión, Juan el Bautista envía a sus discípulos a preguntar: “¿Eres tú el que ha de venir, o hemos de esperar a otro?”, como si no conociera a aquel que había presentado?...Esta pregunta pronto encuentra su respuesta si se examina cuando y en que orden se desarrollaron los hechos. En las riberas del Jordán, Juan había afirmado que Jesús era el Redentor del mundo (Jn 1,29); una vez encarcelado, pide, sin embargo, si es él el que ha de venir. No es que dude de que Jesús sea el Redentor del mundo, sino que quiere saber si aquél que había venido al mundo en persona descenderá también en persona a la prisión del lugar de los muertos. Porque el que Juan, como precursor, ha anunciado ya al mundo, por su muerte le precederá también en la región de los muertos…Es como si dijera claramente: “De la misma manera que te has dignado nacer para los hombres, haznos saber si te dignarás también morir por ellos, de manera que, precursor de tu nacimiento, lo sea también de tu muerte y anuncie también a la región de los muertos que tú vendrás, tal como he anunciado al mundo que tú has venido ya”.
Es por eso que el Señor, en su respuesta, habla de la humillación de su muerte inmediatamente después de haber enumerado los milagros realizados por su poder: “los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. ¡Y dichoso el que no se sienta defraudado de mí!” A la vista de tantos milagros y de tan grandes prodigios, nadie tenía en qué tropezar, sino más bien de qué admirarse. Y sin embargo, los que no creyeron en él tuvieron en su espíritu una ocasión magnífica de escándalo, aún después de tantos milagros, cuando le vieron morir. De aquí la palabra de san Pablo: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos” (1C 1,23)… Así pues, cuando el Señor dice: “Dichoso el que no se escandalizará de mí”, ¿no se refiere claramente a la abyección y humillación de su muerte? Es como si dijera abiertamente: “Es verdad que hago cosas admirables, pero, por otra parte, no rechazo el sufrir cosas ignominiosas. Puesto que voy a seguir a Juan el Bautista muriendo, que los hombres, esos mismos que veneran en mí los milagros, se guarden bien de despreciar en mí a la muerte”.
— San Gregorio Magno (c. 540-604) Homilías sobre el Evangelio, nº 6
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Fuente: Evangelizo.org
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