Calendario litúrgico
Saturday, 3 de November de 2007
Sábado de la 30a semana del Tiempo Ordinario Ciclo C · Año I
Santo del día: San Ermengol de Urgel · San Martín de Porres
Primera lectura
Carta de San Pablo a los Romanos 11,1-2a.11-12.25-29.
Entonces me pregunto: ¿Dios habrá rechazado a su Pueblo? ¡Nada de eso! Yo mismo soy israelita, descendiente de Abraham y miembro de la tribu de Benjamín.
Dios no ha rechazado a su Pueblo, al que eligió de antemano. ¿Ustedes no saben acaso lo que dice la Escritura en la historia de Elías? El se quejó de Israel delante de Dios, diciendo:
Yo me pregunto entonces: ¿El tropiezo de Israel significará su caída definitiva? De ninguna manera. Por el contrario, a raíz de su caída, la salvación llegó a los paganos, a fin de provocar los celos de Israel.
Ahora bien, si su caída enriqueció al mundo y su disminución a los paganos, ¿qué no conseguirá su conversión total?
Hermanos, no quiero que ignoren este misterio, a fin de que no presuman de ustedes mismos: el endurecimiento de una parte de Israel durará hasta que haya entrado la totalidad de los paganos.
Y entonces todo Israel será salvado, según lo que dice la Escritura: De Sión vendrá el Libertador. El apartará la impiedad de Jacob.
Y esta será mi alianza con ellos, cuando los purifique de sus pecados.
Ahora bien, en lo que se refiere a la Buena Noticia, ellos son enemigos de Dios, a causa de ustedes; pero desde el punto de vista de la elección divina, son amados en atención a sus padres.
Porque los dones y el llamado de Dios son irrevocables.
Salmo responsorial
Salmo 94(93),12-13a.14-15.17-18.
Feliz el que es educado por ti, Señor,
aquel a quien instruyes con tu ley,
para darle un descanso
después de la adversidad,
Porque el Señor no abandona a su pueblo
ni deja desamparada a su herencia:
la justicia volverá a los tribunales
y los rectos de corazón la seguirán.
Si el Señor no me hubiera ayudado,
ya estaría habitando en la región del silencio.
Cuando pienso que voy a resbalar,
tu misericordia, Señor, me sostiene;
Evangelio
Evangelio según San Lucas 14,1.7-11.
Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente.
Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola:
"Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú,
y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: 'Déjale el sitio', y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar.
Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: 'Amigo, acércate más', y así quedarás bien delante de todos los invitados.
Porque todo el que ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado".
Reflexión del día
Dar a Dios el primer lugar
El que se prefiere a sí mismo no puede amar a Dios; pero el que no se prefiere a sí mismo a causa de las riquezas superiores de la caridad divina, éste ama a Dios. Por eso un hombre tal no busca jamás su propia gloria, sino la de Dios; porque el que se prefiere a sí mismo busca su propia gloria. El que prefiere a Dios ama la gloria de su creador. En efecto, es propio de un alma interior y amiga de Dios el buscar constantemente la gloria de Dios en todos los mandamientos que cumple, y gozar en su propia humillación. Porque, el hecho de su grandeza, la gloria es propia de Dios, y propia al hombre, su humillación; por este medio llega a ser familiar de Dios. Si actuamos así, alegrándonos de la gloria del Señor, a ejemplo de san Juan Bautista, empezaremos a decir sin parar: “Es preciso que él crezca y yo disminuya” (Jn 3,30).
Conozco a uno que ama de tal manera a Dios, a pesar de que se lamenta de no amarle como querría, que su alma arde sin cesar del deseo de ver a Dios glorificado en él, y de verse a sí mismo como si no existiera. Éste hombre no sabe lo que es, aunque se le elogie de palabra; porque en su gran deseo de anonadamiento no piensa en su propia dignidad. Cumple con el servicio divino tal como es propio de los presbíteros, pero en su extrema disposición de amor por Dios, amaga el recuerdo de su propia dignidad en el abismo de su caridad para con su Dios, refugiando, en humildes pensamientos, la gloria que sacaría para él. En todo momento, a sus propios ojos, no se tiene si no por un servidor inútil; su deseo de anonadamiento le hace vivir alejado, en cierta manera, de su propia dignidad. Eso es lo que debemos hacer también nosotros, de manera que rehusemos cualquier honor, cualquier gloria, a causa de la desbordante riqueza del amor de Aquel que tanto nos ha amado.
— Diadoco de Foticé (c. 400-?) Sobre la perfección espiritual, 12-15
Homilías de los papas
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Fuente: Evangelizo.org
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