Calendario litúrgico
Tuesday, 23 de September de 2003
Martes de la 25a semana del Tiempo Ordinario Ciclo B · Año I
Santo del día: San Pío de Pietrelcina
Primera lectura
Libro de Esdras 6,7-8.12b.14-20.
Dejen trabajar en esa Casa de Dios al comisionado de Judea y a los ancianos de los judíos. Que se reconstruya esa Casa de Dios en el mismo sitio.
Estas son mis órdenes acerca de la conducta que ustedes deben observar frente a los ancianos de los judíos, para la reconstrucción de esa Casa de Dios: los gastos que ellos hagan serán pagados totalmente y sin interrupción de los fondos reales, utilizando los impuestos percibidos en la región del otro lado del Eufrates.
¡Que el Dios que ha establecido allí su Nombre destruya a cualquier rey o pueblo que intente transgredir esta orden, destruyendo esa Casa de Dios que está en Jerusalén! Yo, Darío, he promulgado este decreto. Que sea cumplido estrictamente".
Los ancianos de los judíos llevaron adelante la obra, bajo el impulso del profeta Ageo y de Zacarías, hijo de Idó. Así terminaron la construcción, conforme a la orden del Dios de Israel y a los decretos de Ciro y Darío.
La Casa fue concluida el día veintitrés del mes de Adar, en el sexto año del reinado de Darío.
Todos los israelitas - los sacerdotes, los levitas, y el resto de los repatriados - celebraron alegremente la Dedicación de esta Casa de Dios.
Para su Dedicación, ofrecieron cien novillos, doscientos carneros y cuatrocientos corderos. Además, ofrecieron doce chivos, según el número de tribus de Israel, como sacrificio por el pecado de todo el pueblo.
Después establecieron a los sacerdotes según sus categorías y a los levitas según sus clases, para el servicio de Dios en Jerusalén, como está escrito en el libro de Moisés.
Los repatriados celebraron la Pascua el día catorce del primer mes.
Como todos los levitas se habían purificado, estaban puros e inmolaron la víctima pascual para todos los que habían vuelto del destierro, para sus hermanos los sacerdotes y para ellos mismos.
Salmo responsorial
Salmo 122(121),1-2.3-4a.4b-5.
¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la Casa del Señor!»
Nuestros pies ya están pisando
tus umbrales, Jerusalén.
Jerusalén, que fuiste construida
como ciudad bien compacta y armoniosa.
Allí suben las tribus,
las tribus del Señor.
Porque allí está el trono de la justicia,
el trono de la casa de David.
Evangelio
Evangelio según San Lucas 8,19-21.
Su madre y sus hermanos fueron a verlo, pero no pudieron acercarse a causa de la multitud.
Entonces le anunciaron a Jesús: "Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren verte".
Pero él les respondió: "Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican".
Reflexión del día
“Mi madre y mis hermanos, son esos que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”
La participación de la Virgen en este tiempo santo es de silencio; es su estado, su vía, su camino. Su vida es una vida de silencio que adora la Palabra eterna. Viendo delante de sus ojos, en su seno, en sus brazos, la Palabra, la Palabra sustancial del Padre, ser mudo reducido al silencio por el estado de su infancia, María es transformada a ejemplo del Verbo encarnado que es su Hijo, su Dios, su único amor. Su vida pasa de silencio de adoración a silencio de transformación; su espíritu y sus sentidos, conspiran igualmente a formar en ella esta vida de silencio.
Por tanto sí un gran motivo, sí presente y sí propio será a ella digna de sus palabras, de sus alabanzas...¿Quién conoce mejor el estado, las grandezas, las humillaciones de Jesús qué María, en quien ha reposado nueve meses, de quien ha tomado ese pequeño cuerpo que cubre el esplendor de la Divinidad, como un velo con que ocultamos el verdadero Santuario? Quién hablará más dignamente, más divinamente de esas cosas tan grandes, tan divinas que ella la Madre del Verbo eterno, en quien y por quién todas las cosas han sido cumplidas...
Y por tanto ella está en silencio, ¡encantada por el silencio de su Hijo Jesús! El silencio de la Virgen no es un silencio de impotencia; es un silencio de luz y de encantamiento, más elocuente en la alabanza de Jesús que la elocuencia misma. Es un efecto divino en el orden de la gracia, opera por el silencio de Jesús, que imprime este efecto en su Madre, que absorbe en su divinidad toda palabra y todo el pensamiento de su criatura. También es una maravilla de ver que todo el mundo habla y que María no habla punto. Ella escucha. ¡Ella recibe, ofrece y da a su Hijo en silencio!
— Cardenal Pierre de Bérulle (1575-1629) teólogo Opúsculos de piedad, 39
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Fuente: Evangelizo.org
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